Los documentos que dieron nacimiento
al llamado "proceso de Bolonia" orientado a la convergencia europea de
la docencia universitaria contienen planteamientos que nos traen ecos
del Mayo del 68 y de los movimientos de renovación
pedagógica, al hablar de una docencia "centrada en el
estudiante" y en el "aprendizaje" más que en la
"enseñanza". Es fácil conectar estas propuestas con la
potenciación de formas de pedagogía activa, basadas en el
protagonismo y la participación estudiantil, superando las
viejas formas pedagógicas autoritarias limitadas a la
transmisión unidireccional de información hacia un
estudiantado pasivo con la llamada "clase magistral".
Pero aunque el "proceso de Bolonia" surgió en buena medida
impulsado desde ámbitos académicos y al margen del
proceso de "construcción europea" marcado por los tratados de
Maastricht, Amsterdam y Niza que ha conducido al fracasado proyecto
neoliberal de Constitución Europea, se sitúa
inevitablemente en dicho contexto, así como en el de la
neoliberal "Estrategia de Lisboa". Ello justifica la desconfianza de
que se nos pueda dar gato neoliberal por liebre de renovación
pedagógica.
Ahora bien, también se da el peligro de que so capa de combatir
la privatización y mercantilización de la Universidad se
esconda la defensa de la pedagogía tradicional que reduce al
estudiantado a un mero receptor de la "sapiencia" del profesorado. En
otras palabras, que se nos pueda dar también gato conservador
por liebre antiglobalización neoliberal.
Por ello, el posicionamiento ante las propuestas del "proceso de
Bolonia" debe partir de una oposición inequívoca tanto a
la privatización y mercantilización de la Universidad
como al enquistamiento en las viejas pedagogías autoritarias. Y
esa oposición debe partir de un mismo hilo conductor: la defensa
de una Universidad crítica, que rechace tanto la
supeditación a los poderes políticos y económicos
como cualquier forma de dogmatismo. Sólo de esa forma, desde la
autonomía de una Universidad Pública, podrá
ésta cumplir su función de crítica y desarrollo
del conocimiento, con una docencia activa estrechamente vinculada a la
investigación. Pues dicha vinculación no atañe
únicamente a la actividad del profesorado, sino también a
la formación
de los y las estudiantes: la respuesta a las necesidades sociales de
formación en el marco de la revolución
científico-técnica requiere la
formación de personas con capacidad para la investigación
y la
innovación, lo cuál a su vez requiere impulsar el
desarrollo de la
creatividad a través de metodologías de pedagogía
activa.
De este modo, y aunque sea cogiendo el rábano por las hojas, hay
que "tomar la palabra" a la propuesta de centrar la docencia en el
protagonismo
estudiantil. Pero hay que plantear claramente que ello tiene
una serie de requisitos.
Por un lado, la necesidad de formación del profesorado en
métodos de pedagogía activa, la cuál requiere
también de una drástica reducción de la
ratio alumnos/profesor,
especialmente en los primeros cursos, y una adecuada valoración,
dentro de la actividad del profesorado, del conjunto de docencia,
incluyendo clases, tutoría y seminarios, todo lo cuál
requiere de un importante incremento de la plantilla de profesorado.
Por otro lado, la necesidad de que se den las condiciones y la
formación metodológica que propicien el autoaprendizaje
estudiantil,
con el uso intensivo de bibliografía (y el apoyo de Internet) y
el
asesoramiento de profesorado: una docencia centrada en los y las
estudiantes no debe significar la ausencia de dirección
pedagógica ante las dificultades de aprendizaje, al estilo
neoliberal del "sálvese quien pueda" en New Orleans ante el
Katrina. Será así necesaria la
inclusión en los estudios de elementos
metacognitivos que proporcionen técnicas de aprendizaje y
trabajo individual y colectivo, y los seminarios y prácticas en
grupos
pequeños deberán considerarse como de asistencia
obligatoria vinculada a una evaluación continua. Ello requiere
una valoración de la
actividad estudiantil como actividad socialmente útil,
retribuida a través de becas-salario con la
contraprestación de una adecuada dedicación al estudio,
haciendo así realidad el principio de que nadie quede excluido
de la formación universitaria por razones económicas.
En este proceso, la utilización de las nuevas
tecnologías, y en particular de Internet, debe ser instrumental
a un proceso de aprendizaje activo, facilitando la interacción
bilateral entre profesorado y alumnado. Nada tiene que ver dicho
proceso con la sustitución de clases presenciales por
videoconferencias. Ciertamente, la imprescindible transmisión de
información sobre contenidos no debe realizarse necesariamente
desde la tarima y la pizarra, como se ha venido haciendo desde hace
siglos. Pero desde Gutemberg son posibles otras formas de
transmisión que no se limiten a la recepción pasiva de
una transmisión oral, sino que posibiliten la
asimilación, reflexión y crítica sobre textos
escritos. El uso de medios audiovisuales y de Internet debe permitir
otras formas de intercomunicación y de procesamiento de la
información. En otras palabras, deben suponer una
ampliación de las posibilidades de la Imprenta, no una
prolongación a distancia de "clases magistrales" que no
aproximaría, sino que alejaría más aún a
profesorado y alumnado, y más aún si se utilizara para
suplir la falta de espacio físico en las aulas eludiendo la
inversión en medios docentes materiales y humanos. El camino
debe ser el contrario: en la medida en que la transmisión de
información pueda realizarse de modo más eficiente fuera
del aula, las aulas pueden asumir plenamente la función de
espacios de trabajo colectivo del alumnado con la dirección y
orientación directa del profesorado.
Por otra parte, la introducción de los llamados "créditos
europeos" centrados en el protagonismo estudiantil, y que para su plena
aplicación requieren estudiantes a tiempo completo,
debería ser acompañado de medidas que permitieran
flexibilizar las condiciones de estudio en determinados casos:
En primer lugar, el caso de profesionales que quieran validar su
conocimiento y experiencia con una titulación. Para ello, las
Universidades Públicas deberían detentar con
carácter exclusivo la capacidad de acreditación al efecto
mediante pruebas específicas. Tales profesionales-estudiantes
podrían asistir a clases o conferencias de carácter
público, especialmente a través de videoconferencia, pero
no participarían en seminarios y su período de estudio no
estaría sujeto a limitaciones temporales.
En segundo lugar, el caso de estudiantes a tiempo parcial que
compaginen el estudio con una actividad laboral también a tiempo
parcial; en este caso, el tiempo máximo previsto de
duración de los estudios se incrementaría de forma
inversamente proporcional a la proporción de su
dedicación. Es decir si, por ejemplo, se matriculan con una
dedicación del 50%, la duración prevista de sus estudios
se duplicaría.
No se trata, pues, simplemente de "subirse al tren" de Bolonia, sino de
trabajar por que dicho tren avance en una dirección adecuada,
que lejos de conducirnos a los abismos neoliberales nos eleve hacia una
Universidad pública, crítica, autónoma,
democrática y participativa.
(Subárea
d'Universitat i Investigació d'EUPV, 24 d'octubre de 2005)